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Autor: L.M. García Domínguez

Revista: CONFER 208, vol. 54 (2015)

Páginas: 455-474

 

La formación inicial a la vida consagrada tiene para los candidatos y jóvenes profesos los fines de “iniciarles en la vida religiosa” y de ayudar a realizar “su unidad de vida en Cristo por el Espíritu”, y esto “mediante la armoniosa fusión de sus elementos espiritual, apostólico, doctrinal y práctico”. Lo cual incluye procurar que “descubran en primer lugar, asimilen y profundicen después, aquello que constituye la identidad del religioso” para ser “testimonio significativo, eficaz y fiel”.

Estos objetivos se tratan de alcanzar a través de la articulación de unas etapas sucesivas de formación, y están reflejados en los programas formativos de cada Instituto, acomodados a las orientaciones que la Iglesia señala en sus documentos. En dichos textos se describen y articulan generalmente unas líneas transversales que fijan los contenidos de la formación y que van señalando criterios para facilitar y comprobar el crecimiento de los candidatos, según la dimensión humana, espiritual, intelectual, apostólica y comunitaria. Esta perspectiva constituye la propuesta formativa objetiva que cada Instituto ofrece a quien llama a sus puertas.

Pero la formación inicial es también un camino único y continuado, un proceso espiritual y humano que recorre el candidato hasta su integración en el Instituto; las etapas no pueden amenazar la unidad y continuidad del recorrido de la persona concreta que está en formación. Con esta mirada singular al candidato podremos confirmar la asimilación personal (o no) de los planes de formación y constataremos (o no) el crecimiento interior que se busca, pues “todos los elementos de la vida religiosa deben estar siempre ordenados a la constitución del ‘hombre interior’”. Esta segunda perspectiva considera, por lo tanto, la otra cara de la moneda; es, a saber, la real asimilación subjetiva que el joven o la joven en formación hacen de la propuesta objetiva que le ofrece la institución.

En las siguientes páginas trataremos de este camino único que constituye la formación inicial. Recordando en primer lugar las líneas generales de las etapas de formación, en un segundo momento trataremos de señalar algunos criterios y pedagogías que puedan favorecer y verificar esa personalización de la formación, sin la cual es inútil el discurrir cronológico y geográfico por etapas, experiencias y comunidades.

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